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Los movimientos indígenas a la vanguardia de los movimientos sociales

Ivel Urbina Medina*
Alai Alanet

Durante las dos últimas décadas, los movimientos indígenas y de mujeres se han organizado a través del continente a través de políticas de identidad que previamente no eran reconocidas tanto a escala nacional como internacional. Las poblaciones indígenas hoy han conformado una identidad continental que al mismo tiempo afirma la pertenencia local.

Las políticas de género de las mujeres se han desarrollado a través de redes regionales que también superan los límites nacionales. A su vez la identidad se convirtió en un recurso de movilización construido por los movimientos sociales con una lógica que mientras introduce a la igualdad afirma el derecho a la diferencia. En este sentido, los movimientos indígenas y de mujeres, que han sido generalmente entendidos como luchas por la inclusión, han introducido cambios cualitativos en la democracia.

Hasta la irrupción de las mujeres y de los indígenas en la lucha social, el movimiento popular se consideraba como un todo homogéneo, así como también el Estado era pensada como una entidad representativa con un carácter unitario nacional. En Venezuela, el mestizaje de la población era llevado a cabo por el hombre blanco a través del cuerpo de la mujer indígena o negra para homogeneizar a la población y dar lugar a un estado nacional centralizado.

En América Latina los procesos revolucionarios también quisieron ser modernos, promovieron el indigenismo y el mestizaje e intentaron, crear estados que representaran a la población hasta entonces excluida. Sin embargo, muchos de estos esfuerzos revolucionarios, al institucionalizarse, terminaron a menudo repitiendo los mismos vicios del poder contra el cual lucharon al mismo tiempo que demostraron que bajo el sistema capitalista siempre habrá excluidos.

Ante el auge de movimientos sociales progresistas que en América Latina han logrado transformarse en gobiernos, en especial en Venezuela, donde el tema y la práctica de la revolución estuvieron a la orden del día, los movimientos sociales indígenas y de mujeres en lucha contra el imperialismo y la globalización neoliberal tienen mucho para enseñarnos.

No es casual que para las elites que anteriormente gobernaban a Venezuela uno de los mayores bochornos es que la nueva Venezuela no obedezca al modo de vida de los EEUU, aunque hoy en día hayamos retrocedido como población en esto; y proclame la necesidad de un desarrollo endógeno para salvar no sólo a nuestro país, no obstante, la crisis económica se ha dividido en dos lados: los que enraizaron aún más una cultura antiimperialista y quienes consideran que la única manera de mejorar la economía es abriéndonos nuevamente al capital y a los procesos neoliberales.

Pero los movimientos sociales indígenas y de mujeres luchan por la inclusión y viven la paradoja de que se movilizan a partir de identidades colectivas que los separan de otros modos de vida. Cada uno de los grupos que se movilizan sobre la base de criterios de identidad, sea esta identidad basada en la clase social, el género, la raza o la etnicidad, o por qué no, la juventud, intenta incluir a su propio grupo dentro de los procesos redistributivos, que las instituciones políticas llevan a cabo. Suelen alcanzar ventajas para sus propios grupos, construidos alrededor de identidades comunes, pero se ven debilitados por quedar acorralados dentro de los límites de una resistencia que sólo atañe a su propia colectividad.

Pero, hoy por hoy, conjuntamente con efectos negativos, la globalización neoliberal promueve la globalización de quienes la resisten y nos muestra que el modo de vida de los EEUU requiere excluidos tanto dentro de sus propias fronteras como en el resto del planeta.

Bajo estas circunstancias, de un imperialismo que se manifiesta tanto en los propios Estados Unidos como en el resto del planeta, las políticas de identidades de clase, de género o de raza que se consideraban indispensables y vitales para el éxito de la lucha colectiva, se ha convertido en un problema para los grupos agraviados. Los movimientos sociales, los gobiernos y los estados nacionales ya no pueden pretender representar totalidades homogéneas.

En cambio, las diferencias, que antes eran consideradas una debilidad para los movimientos sociales ahora constituyen una fuerza potencial para construir alianzas de gran alcance contra la globalización neoliberal.

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* Ivel Urbina Medina, investigadora en el Museo Antropológico "Francisco Tamayo Yépez". Venezuela



Publicado: junio 2020

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