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Señas desde el silencio hacia la inclusión: historias de venezolanos sordos en Perú - parte 2

Arnol Piedra *
Servindi

Mary Carmen López
Mary Carmen López explica en lengua de señas que no hace caso a los actos de xenofobia y que siempre trata de fijarse en lo positivo. (Imagen: Captura de Zoom)

Aprendiendo una nueva lengua

A diferencia de los migrantes oyentes, los migrantes sordos se enfrentan a una dificultad adicional al momento de integrarse al país de acogida, que es el hecho de tener que aprender una nueva lengua: la lengua de señas local. Es importante considerar que cada país tiene su propia lengua de señas, por lo tanto la Lengua de Señas Peruana (LSP) y la Lengua de Señas Venezolana (LSV) muestran muchas diferencias en cuanto a vocabulario y algunas en cuanto a estructura gramatical.

Muchos sordos venezolanos recién llegados tienen dificultades para comunicarse con los intérpretes peruanos, quienes desconocen la Lengua de Señas Venezolana, lo cual se ha convertido en una barrera para su acceso a los centros de salud y otras instituciones públicas, especialmente a las dependencias de la Superintendencia Nacional de Migraciones. A pesar de que la gran mayoría de extranjeros que acuden a dicha entidad son venezolanos, esta no cuenta con ningún intérprete de LSV, impulsando a muchos de ellos a aprender la LSP de forma rápida.

El aprendizaje puede tardar entre tres meses y dos años, dependiendo cuánto tiempo se dedique a estudiarla y practicarla. Al igual que en cualquier lengua oral, la inmersión y el contacto frecuente con otros usuarios acelera el proceso. "Cuando llegué a Perú no entendía nada. Pensé que iba a ser más difícil, pero con la dedicación y el sumergirme en la lengua me tomó aproximadamente unos tres meses aprender la Lengua de Señas Peruana, aunque todavía no la conozco a la perfección", comenta Mary Carmen.


Jhon Rodriguez
Jhon Rodriguez cuenta en lengua de señas su experiencia en Perú, como el descubrir que los soles se manejan con números muy pequeños en comparación con los bolívares. (Imagen: Captura de Zoom)

Para Jhon el aprendizaje también fue sencillo y actualmente domina la LSP en un 80%, aunque resalta que existen dos comunidades sordas en Perú con sus diferencias en la comunicación. "Es un detalle muy interesante, una comunidad habla una lengua de señas muy hermosa, y otra habla una lengua de señas no tan muda e influenciada por el español y el mundo del oyente. Creo que me he sabido adaptar bien a ambas comunidades".

Adicionalmente, la situación de los venezolanos sordos nos hace observar que la Lengua de Señas Peruana necesita empoderarse más. Su reconocimiento por parte del Estado recién se dio en 2017, coincidiendo con el inicio del movimiento migratorio venezolano. "La LSP aún no tiene la categoría de patrimonio lingüístico o como uno de los idiomas del Perú. En cambio la situación es distinta en Venezuela, cuya lengua de señas viene siendo reconocida desde 1999", indica Javier Ramirez, quien además es magíster en Educación y un aficionado a la lingüística.

Realidades diferentes

La mayoría de sordos venezolanos se enfrentan también a las condiciones de un país más rezagado en la inclusión de las personas sordas o con discapacidad auditiva. Venezuela es uno de los pocos países de América Latina donde los intérpretes de señas tienen formación académica en las universidades. Además, las aulas en las universidades estatales cuentan con intérpretes que facilitan el conocimiento a los alumnos sordos, haciendo que la educación superior sea más inclusiva que en Perú.

"En Venezuela la comunidad se apoya mutuamente. No nos sentimos con menos oportunidades porque tenemos acceso a la universidad, a la educación en nuestra lengua, y porque hay asociaciones que trabajan por los sordos. Veo que aquí en Perú los sordos no tienen un futuro. Ellos aspiran solamente a terminar el colegio para luego no poder acceder a la universidad y tener que trabajar en cualquier otra cosa. Entonces es una diferencia muy marcada", explica Mary Carmen, quien tuvo la oportunidad de estudiar administración de empresas en su ciudad natal.

Para Jhon la sociedad venezolana tiene un mayor conocimiento sobre la comunidad sorda, lo cual genera un efecto importante. "Hay mucho más trabajo de parte de las asociaciones y eso permite una visualización mucho más positiva, la cual permite que el sordo pueda ser un elemento activo de la sociedad porque esta tiene mucha información sobre nosotros. En Perú se necesitan muchos más intérpretes y su escasez hace que el sordo no pueda integrarse a actividades cotidianas como ir al médico, asistir a una entrevista de trabajo o estudiar en la universidad".

Esta diferente realidad afectó por igual a todos los sordos venezolanos, con educación superior o sin ella. Al igual que sus compatriotas oyentes, tuvieron dificultades para mantenerse y conseguir empleo, o se vieron obligados a recurrir a la informalidad y al apoyo de amigos y familiares. "Nunca en mi país me tocó pedir dinero en la calle, ni pedirle a alguien que me ayudará. Fue una experiencia muy dura que nunca imaginé. Le agradezco a Dios el haber podido adaptarme y que las cosas me vayan mejor ahora", añade Mary Carmen.

En este punto se diluye un poco la línea imaginaria entre venezolanos y peruanos. Por ser sordos y carecer de acento, estos migrantes pasan desapercibidos y eluden los actos de xenofobia —salvo al momento de enseñar su documentación—. Sin embargo, empiezan a formar parte de un colectivo general de personas sordas o con cualquier otra discapacidad que tienen dificultades para conseguir trabajo y oportunidades para su desarrollo. Ya no se trata de ser venezolano, sino de ser una persona sorda o con discapacidad auditiva.

En Venezuela la comunidad se apoya mutuamente. No nos sentimos con menos oportunidades porque tenemos acceso a la universidad, a la educación en nuestra lengua, y porque hay asociaciones que trabajan por los sordos. Veo que aquí en Perú los sordos no tienen un futuro.

No obstante, al igual que en la población oyente, la xenofobia llega a emerger en algunos sectores de la población sorda peruana. Javier la vivió y para él fue mayor que en las personas oyentes, mientras que Jhon y Mary Carmen conocieron la solidaridad y apoyo de algunos miembros de la comunidad sorda local —gracias a la cual también pudieron aprender la Lengua de Señas Peruana—, pero igualmente fueron testigos del rechazo hacia sus amigos, familiares y compatriotas.

"La discriminación y xenofobia fueron más marcadas con mi familia. Al mantenerme en silencio, es como que no me afecta mucho. Sin embargo, soy una persona de carácter fuerte que trata de no hacer caso a eso. Simplemente trato de buscar las oportunidades y de fijarme en lo positivo. Simplemente se trata de aceptar una cultura distinta y de adaptarnos a ella. Con respeto se puede lograr un equilibrio y no sufrir este tipo de cosas", sostiene Mary Carmen.

* Arnol Piedra es miembro del equipo de Servindi y periodista especializado en temas culturales.



Publicado: octubre 2020

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